Dicen los expertos que una organización donde se instala la desconfianza se torna lenta y cara. Lenta por lo difÃcil que resulta coordinar acciones, y cara, por la cantidad de mecanismos de control que se precisa instalar. En la relación entre las comunidades locales y las empresas productivas -especialmente las extractivas- la situación es similar.
Las comunidades mayoritariamente desconfÃan de las compañÃas mineras. Ello por una razón muy simple: sus acciones generalmente no son coherentes con el discurso; las personas a cargo a menudo carecen de las indispensables habilidades sociales; y los acuerdos muchas veces pasan al olvido. A su vez, las empresas desconfÃan de las comunidades. Parten de la base que su foco es conseguir la mayor cantidad de dinero posible, y que los dirigentes luchan por su lucro personal más que por el bienestar colectivo.
Todo ello hace que se instale el mutuo escepticismo, la descalificación y la comunicación defensiva, y que ambas partes se blinden. Hasta ahÃ, todo mal.
El principio fundamental en la construcción de confianza es el alineamiento entre lo que se declara y lo que se hace. El problema es que las grandes compañÃas mineras dicen cosas muy ambiciosas lo que les resta credibilidad. La mayorÃa de las declaraciones de las empresas, particularmente las relacionadas con la responsabilidad social, hablan de una organización que hace todo bien, lo cual a menudo no coincide con la percepción ciudadana y, lo que es más grave, con el relato de sus mismos colaboradores.
Otro requisito para construir la confianza social es la materialización del compromiso de devolver a la sociedad los recursos utilizados. Dado que los medios de comunicación se encargan de resaltar las enormes utilidades que anualmente reciben las compañÃas, se instala la percepción que su contribución local equivale a “sólo migasâ€. Para peor, las comunidades afectadas vislumbran a las compañÃas como obstáculo y no como facilitadores de su propio desarrollo.
La comunidad también requiere percibir a las compañÃas mineras como Ãntegras, es decir honestas y veraces. Dado los frecuentes cambios en la propiedad de las empresas asà como de los ejecutivos a cargo del relacionamiento con las comunidades, la historia de la relación está tapizada de acuerdos incumplidos, muchos desconocidos para la administración actual pero nunca olvidados por los vecinos.
Las personas también se forman un juicio a partir de percibir las reales intenciones detrás de bellas palabras.
Si se trasmite sinceridad de propósito, motivaciones claras y una meta basada en beneficio mutuo, la relación fluye. Por el contrario, las agendas ocultas y la instrumentalización de la relación se evidencian en incomodidad, sobreactuación, apuros, miradas oblicuas. En otras palabras, la comunidad lo nota… y desconfÃa.
Finalmente, es preciso asumir que el comportamiento previo de las empresas, incluso en lugares remotos, está hoy a un click de distancia. Si ocurrió algún percance en el pasado, la comunidad se enterará a través de internet. El resultado es diferente si es la propia empresa quien lo pone sobre la mesa, e informa sobre las medidas adoptadas para evitar su recurrencia.
Por eso, para construir confianza con la comunidad, al interior de su compañÃa o incluso de su familia, diga la verdad, aunque duela, sin ocultar información, ya que lo van a pillar. Muestre un interés genuino por los demás, respetando la dignidad intrÃnseca de cada persona. Esto no se finge, se siente.
Ximena Abogabir es presidenta de Fundación Casa de la Paz.