(EconomÃa y Negocios online) Las aguas internacionales del PacÃfico, entre México y Hawái, en un área conocida como Clarion Clipperton Zone (CCZ), enfrentan una particular intervención humana. En los próximos meses, y durante ocho dÃas, la Patania II, una máquina de 25 toneladas de peso fabricada por ingenieros belgas, recogerá nódulos polimetálicos. Son como piedras del tamaño de una papa que contienen manganeso, nÃquel, cobalto, cobre y hierro, depositadas por cientos de miles de años a unos cinco mil metros de profundidad en el lecho marino.
Será la primera prueba -que se realizará con un prototipo- de las futuras máquinas que minarán el mar a partir de la próxima década. La compañÃa belga GSR (Global Sea Mineral Resources) junto con la alemana BGR (Geosciences and Natural Resources) lideran la iniciativa.
La Patania II es la versión más avanzada de una tecnologÃa que reemplaza por completo al ser humano, incapaz de trabajar a esa profundidad. Su objetivo: explotar un recurso que, hasta ahora, estaba fuera del alcance de la industria minera.
La preparación no ha sido sencilla. Un elemento clave de la operación es el llamado cable umbilical, que ayudará al descenso de la Patania II, además de transportar energÃa eléctrica y las señales para controlar y comunicarse con ella.
El pasado jueves 21, mientras se hacÃan pruebas preliminares, fue detectado un daño en el cable, lo que provocó un fallo de alimentación. Esto obligó a postergar la operación, prevista para los primeros dÃas de abril, por algunas semanas.
Impacto desconocido
La iniciativa no está libre de controversia. A los cientÃficos les preocupa el impacto que la remoción de los sedimentos, sobre los cuales yacen los nódulos, tenga en la biodiversidad.
La Patania II lanzará un chorro de agua concentrado contra el sedimento para poder remover las piedras y asà aspirarlas con facilidad. Pero esa acción provocará que queden en suspensión millones de partÃculas del suelo. “Esto significa que se va a formar una pluma de sedimento gigantesca. Y el fondo oceánico es sumamente tranquilo, tanto que las partÃculas caen al fondo del océano a razón de unos pocos milÃmetros a centÃmetros cada mil años”, advierte Sandor Mulsow, geólogo marino a la cabeza de la oficina de recursos y monitoreo ambiental de la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA).
Se desconoce el impacto que podrÃan tener esas partÃculas sedimentarias en la vida marina.
Y si esta tecnologÃa se masifica, el material en suspensión en las aguas internacionales se multiplicará, asegura Mulsow.
La actividad de la Patania II será controlada desde un buque minero y supervisada en forma independiente por un grupo alemán de cientÃficos desde el buque oceanográfico “Sonne”.
“Ellos harán un muestreo previo el dÃa que comience la actividad y luego al siguiente, cuando termine, pero después se van. Un estudio de impacto ambiental serio deberÃa incluir un seguimiento a largo plazo”, reclama Mulsow.
Ya existen 29 contratos de exploración otorgados a consorcios internacionales por la ISA, la mayorÃa en el área CCZ, y están involucrados paÃses como China, Estados Unidos, Bélgica y el Reino Unido.
Les interesa, en particular, el cobalto, que es clave para las baterÃas de los teléfonos móviles. “Hoy, el cobalto está saliendo prácticamente por completo de la República del Congo”, cuenta el ingeniero civil en minas de la U. de Chile, Guillermo Ugarte. El problema, dice, es que las minas son muy precarias y utilizan niños en sus operaciones. De ahà la necesidad de una alternativa.
Pero más allá del cobalto, lo que buscan las potencias es una alternativa más barata a la minerÃa de superficie, de la que muchos no son productores.
“Si esta minerÃa submarina resulta y es rentable, podrÃa ser un golpe para la minerÃa terrestre”, admite Ugarte.
El cobre de los nódulos tiene hasta 4% de ley (pureza), comparado con el de las minas chilenas, que es solo de 0,8. Chile también posee nódulos en su zona económica exclusiva, pero está lejos de contar con la millonaria tecnologÃa para su extracción y tampoco hay planes para asociarse con los grandes consorcios, puntualiza Ugarte.